viernes 27 de enero de 2012

La carretera

Me subí a la micro con cara de espanto. Miré a mi alrededor con desconfianza, pero buscando una cara amable para sentarme al lado. Finalmente me senté en el primer asiento, sola, mirando hacia la ventana. Afuera, industrias. De cobre, de lácteos. Mi corazón se relajó, y yo también con él.

Yo vivía al lado de la carretera Panamericana. Mis padres se instalaron ahí con la promesa de la conectividad y fluidez de la vía, cosa que nunca fue así. Estábamos lejos de todo, y aislados en la periferia de la ciudad. El transporte al centro era caro y malo. Después construyeron la "Autopista Central", concesionada quién sabe a cuantos años, y todo se fue al carajo.

Minutos antes estuve sola, en la panamericana, esperando desesperadamente que pasara una micro, cualquiera, tomaría la primera que pasara. No había nada a mi alrededor más que loteos y terrenos baldíos y algunas industrias. El paradero donde esperaba la micro era conocido por ser parada de putas y travestis. Sentado en la banca del paradero había un viejo, moreno por el sol y con aspecto triste. Me miró, y luego volvió la vista hacia sus pensamientos. Los autos que pasaban me encendían las luces, los camiones me tocaban la bocina. Me sudaban las manos. Maldecía a la puta micro que no pasaba nunca. El sol comenzaba a caldear el ambiente, y yo solo pensaba en la seguridad de mi cama con cobertor de colores, en mis peluches, en la sonrisa y el olor de mi mamá, en el árbol que estaba fuera de mi casa, donde estaban talladas las iniciales LMZ. "¿Cómo me pude equivocar así?", pensaba con rabia.

Había ido a probarme a un colegio nuevo. Yo no quería cambiarme, pero a mi madre le habían llegado muy buenas referencias de un liceo, y quiso que diera las pruebas de admisión. Después nos dimos cuenta que el liceo en cuestión tenía bastante mala fama, pero en ese momento no lo sabíamos. Yo no conocía el sector, 10 de Julio. Me perdí para llegar. Cuando salí de dar la prueba, caminé feliz hasta Arturo Prat, para tomar la Expresso hacia la periferia. Esas micros eran de color verde, el color de la esperanza y la rapidez. Lo que yo no sabía era que tenían diferentes números según el tipo de recorrido, y como yo sólo conocía la que pasaba por panamericana, tomé la primera que pasó. La micro iba vacía, eran las 11 de la mañana. Solo iba un señor sentado en la mitad de las corridas de asientos, hacia el oriente, y para no andar tan sola, me senté cerca de él, pero hacia el poniente. Mirando por la ventana, pensé en poner el asiento hacia atrás, ya que el viaje era largo. Sin mirar, siento movimiento en el sector donde estaba el señor. Miré de reojo y el hombre tenía todo su miembro afuera, rosáceo y flácido, y lo masajeaba de arriba hacia abajo. Tenía los ojos cerrados. El corazón me dio un vuelco, miré tensamente hacia la ventana y pensaba "¿Qué hago?". Yo creí que el viejo me iba a violar ahí mismo. Tenía 13 años. El miedo me paralizó, y no hice nada. Me quedé sentada, no volví más la vista hacia el señor. Pero incluso sin mirar, me daba cuenta que el viejo seguía masturbándose con las piernas abiertas. Los minutos parecían horas, hasta que de pronto la micro salió de la panamericana para tomar otra calle, ahí mi desesperación fue total. Me puse de pie, el viejo se asustó y se tapó las partes, caminé con rabia por el pasillo, pisando con fuerza marcando cada paso, me acerqué al chofer y con furia le pregunté:

-¡¿Por qué se salió de la panamericana?!
-Porque esta micro se va por Gran Avenida - me responde.

Me abrió la puerta y me dejó en el sector de los travestis, un lugar inhóspito lleno de peladeros y perros botados, desnutridos y hambrientos, de basura y pastizal seco, de periferia olvidada. Atravesé un llano abandonado y caminé hacia el paradero. "¿Cómo me pude equivocar así?" pensaba con rabia. No podía cerrar los ojos, se me repetía la escena en la mente una y otra vez. Los autos pasaban velozmente sobre el pavimento caliente, que emanaba vapores desde el asfalto, espejismos de verano.

Creo que fue ahí donde dejé la niñez, en la carretera.

martes 15 de noviembre de 2011

88



Entramos al bar-restaurant. Al fondo de la pared pegado un póster roñoso de Colo Colo '88, con la camiseta Adidas de Lan Chile. Por todos lados hay flores y enredaderas plásticas, con tierra acumulada por años. El humo es denso, me acuerdo de los relatos de Conan Doyle de los fumaderos de opio. Por la radio se escucha un locutor de voz chillona que bromea en doble sentido con una auditora. Miro hacia la barra: un viejo sentado, solo, mirando al vacío. En una mesa hacia la izquierda una señora gorda conversa animadamente con un joven flaquísimo, beben cerveza Cristal de medio litro (me encantan esas botellitas), qué pareja. La señora lleva puesta una polera de spandex que marca toda su tremenda figura. En el pecho dice "Everlast" con puntitos brillantes. Cuando se ríe se nota su dentadura deteriorada, pero parece no importarle, porque se ríe a carcajadas. El joven se ríe también, y hace notables gestos con los brazos, al parecer recrea una escena de pelea. Está rapado al cero y tiene tatuajes hechos con agujas y tinta de lápiz Bic, por las cicatrices que dejan. Nos sentamos en una mesita para dos. Pienso en un cigarro, la abstinencia de casi tres años me pasa la cuenta. Se acerca un anciano: es el mesero. Pedimos un vino barato, tiene una etiqueta con un paisaje de campo. Le doy un sorbo, está tan frío como un lago sureño. Nos miramos. Sí, está malo el vino, para qué hablar. A los quince años tomaba vino de caja mezclado con jugo en polvo, de frutilla o frambuesa. Qué porquería. Este vino es ambrosía comparado con ese brebaje dulce y adolescente. No me animo a hablar, sólo quiero beber en silencio. Mirar las paredes añejas y grasientas, los afiches de Malta Morenita con una mujer de voluptuosidad impuesta, el letrero que anuncia las colaciones y almuerzos que siempre son los mismos: carne con arroz, fideos con boloñesa, pulpa al jugo, pescado frito con agregado. Siento su mirada clavada en mi, pero no quiero, hoy no. No hablemos.

-¿Leíste la carta que te dejé?-me pregunta con tono seco.

Doy un suspiro.

-Si, y no se qué quieres que te diga. Estoy agotada de tus palabras.
-Y yo estoy aburrido de tus mentiras.

Que insolente. Su soberbia siempre le había parecido insoportable, no sabía en qué momento se había convertido en un sujeto tan atractivo. Cómo pudo suceder. Cómo.

-Mira, sólo dejame tomar este vino, después te podís ir a la mierda si querís-le digo con tranquilidad.
-Entonces no vas a hablar.
-No hay nada de qué hablar pelao. Hace tiempo que no hay nada que decir.

Clavo la vista en el póster de Colo-Colo. Arriba Pizarro, Espinoza, Vilches, González, Garrido y Morón. Abajo Salgado, Barticciotto, Hormazábal, Ormeño y Díaz. Que linda camiseta la que llevaban puesta. Ahora necesito el cigarro más que nunca. La señora gorda con el flaco tatuado ya no se ríen. El viejo de la barra ya no está. Me siento más sola que nunca.

miércoles 2 de noviembre de 2011

Lagunas

Hoy te vi en la brisa fresca que movió las ramas de los árboles más verdes.
Te vi cuando miré por el retrovisor
Vi tu sonrisa en el reflejo
Vi tu sonrisa en el jugo del mote con huesillos
Vi tu sonrisa en el perro que ladraba
Vi tu sonrisa en el catálogo de jardinería y construcción
Vi tu sonrisa en el comercial malo de siempre
Vi tu sonrisa en el agua hervida para hacer fideos
Vi tu sonrisa en los párrafos tórridos de Henry Miller
Vi tu sonrisa en el chiste que me inventé
Vi tu sonrisa cuando me di cuenta que me reía sola del chiste que supuestamente estábamos compartiendo.




Ahora. A hora. Alora. Aloja. Arroja.

martes 27 de septiembre de 2011

Wake up

Se encontraron en el Paseo Ahumada. El vestía camisa y corbata, llevaba un libro en la mano. Ella pensó que quería darse un aire de importancia, si siempre fue malo para leer. Se saludaron con nerviosismo, tratando de hacer lo más corto posible el momento de contacto físico. Caminaron por todo el centro, con ese tiempo sin apuro ni obligaciones de los 17. Miraron vitrinas, aprobaron los mismos discos. El se agachó a recoger un papelito del suelo, lo leyó y guardó en su bolsillo. Ella se moría por saber su contenido. Llegaron hasta un parque, acordaron sentarse en una banca. Ella apoyó su cabeza sobre las piernas de él. Se miraron. Todo había cambiado. Algo se había perdido en el camino. Probablemente fue la inocencia.

-¿Querís un cigarro?- preguntó ella.
-No, lo dejé.

Se sintió estúpida. Estúpida, ridícula, infinitamente pequeña y miserable. Lo estaba perdiendo todo. Prendió un cigarro, lo aspiró con rabia.

-¡Si querís fumarte un cigarro fúmatelo!, ¿Por qué hacís todo lo que la Vale te dice que hagai?. Parecís perrito faldero, que rabia.

El le clavó la vista con ardor. Quiso desnudarla ahí mismo, gritarle que se fuera a la mierda, enterrarle los dedos en sus piernas firmes, sacarle todo, afuera.

En ese momento ambos supieron que dejarían de verse de esa manera. Se deseaban demasiado como para continuar, el juego se había transformado en algo serio, en cosa de adultos, y ninguno de los dos estaba dispuesto a madurar.

Caminaron en silencio hasta el paradero. Hace rato que no hablaban. Ella da la vuelta para despedirse, se pone unos lentes plásticos de sol, su pelo oscuro se mueve con la brisa de las micros. El quiso recordarla así para siempre: hermosa, pragmática, rabiosa.

-Toma, el libro es para ti.
-Ah, gracias- dijo con desdén.

Arriba en la micro, ya lejos del paradero, toma el libro. Está forrado en papel café. Le quita el envoltorio. "El gigante egoísta y otros cuentos" de Oscar Wilde. Decepcionada lo deja. Tremendo regalo un libro que todo Chile tiene en su biblioteca, huevón, piensa. Pero buscando alguna señal, lo hojea con detención. En la página 21 encuentra una foto. Aparecía ella misma, con su hermana Vale y su sobrina de 3 meses. Al reverso de la foto decía: "Algún día".

Rompió en un llanto sistemático y corto. Luego del desahogo, vino la calma. Estoy muy chica para esta mierda, pensó. Se puso los audífonos, retrocedió el cassette con el lápiz hasta donde tenía una marca, lo puso en el personal y comenzó a cantar para si: "Wake up young man, it's time to wake up, your love affair has got to go..."

Que bueno que era Mad Season.

martes 13 de septiembre de 2011

Carlitos

15 minutos esperando. Ya se notan señales de inquietud en su cuerpo. Piensa en que cada vez le cuesta más trabajo enfocar los letreros luminosos de las micros. El niño en vez de inquietarse, se aburre, y le suelta su mano.

-¡Ven para acá! ¡No me volvai a soltar la mano, cuántas veces te he dicho ya!

El niño, de mechas tiesas y corte de pelo lamentable, obedece. Tiene puesta una mochila que le llega casi hasta las rodillas, con uno de sus cierres descosidos. De vez en cuando se rasca la cabeza.

-¡Ahí viene la micro! Shhi menos mal, estoy atrasá

Arriba del bus, sentados, ella saca un bolsito sucio de maquillaje. Se retoca el rimel y el labial, el último se lo compró a una vecina que vende productos por catálogo. Le gustó porque la modelo del catálogo que usaba ese color, un rosado light, se veía elegantísima. Aun no se lo pagaba a la vecina, se acordó. Mientras se lo aplica se da cuenta de que ya no le gusta tanto. Uno se compra y compra hueás y nada le queda bien a una, piensa con rabia. Da un vistado al chico, va con la cara pegada a la ventana grasienta, llena de grafittis con plumón. Vuelve al espejo, se arregla un poco la chasquilla rubia oxidada, prueba con un moño, para que no se le vean tanto las raíces, pero luego lo descarta.

-Dile a tu papá que me mande la plata pa comprarte la leche.

El chico asiente. Ya sabe que va a decirle el padre: La leche te la compro yo, pa que le voy a dar plata a esa hueona, que se gasta la plata en puras hueás. Piensa en los panes con jamonada que tanto le gustan, y el olor de la cama de su papá. Además siempre lo deja ver tele. Lo único malo es que pasa solo, pero esto al niño no le preocupa tanto. La verdad es que a nadie le preocupa mucho. A veces llega una vecina gorda a preguntarle si se tomo la leche, esa que tiene un hijo enfermo, y que de vez en cuando se lleva unas torrejas de queso y algo de leche. Cuando el papá llega temprano, a veces lo lleva a la cancha a ver el fútbol y le compra una bebida. Pero lo malo es cuando se pone a tomar, el se aburre montones.

-Ya, aquí nos bajamos.

Lo agarra del brazo y apura el paso. Camina con dificultad, las botas chinas le aprietan, pero ella lo soporta, porque son igualitas a las que usa la protagonista de la teleserie que ve a las 4, la hora que se levanta. Suben las escaleras.

-Ya aquí nomás te dejo, mira que estoy apuraíta ah? - Le da un beso en la mejilla, que lo deja pintado.
-Chao mamá. - La mira alejarse.

Ella se devuelve a la calle, ahora si tomará un colectivo para llegar más rápido. Se arregla el escote. Siente hambre, se echa un chicle a la boca. Saca el espejito y se mira por última vez.

El niño sube las escaleras, ve que hay luz en el departamento y se siente aliviado. Golpea suave. Pero no hay nadie. Se sienta en la escalera, a ver si la vecina gorda aparece.

Miró al cielo y había una luna llena inmensa y plateada. Dibujó con su dedo una luna imaginaria, y un perro. Le gustaban tanto los perros, pero nunca había tenido uno. Nunca había tenido una cama propia. Nunca había tenido tantas cosas, pero el no lo sabía.

Y ahi siguió esperando, sentadito.

jueves 18 de agosto de 2011

Afuera, San Miguel

A tres cuadras de la cárcel
donde dejaron morir 81 vidas
está mi casa

Una familia de loros
se comunica de un árbol a otro
en la capital egipcia de San Miguel

El tiempo aquí se detuvo
pero no se detuvo en mi
ni en mi pieza verde

Los perros del barrio
ladran a los extraños
mueven la cola
a los protectores de siempre

Yo también ladro
a los edificios nuevos
que no dejan ver la Cordillera de Los Andes

Quisiera ser el lorito
más verde de todos
y posarme sobre un barrote
en la recién pintada
cárcel de San Miguel

miércoles 10 de agosto de 2011

Contingencia

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

Tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

Y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

Y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

Te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

Mario Benedetti