15 minutos esperando. Ya se notan señales de inquietud en su cuerpo. Piensa en que cada vez le cuesta más trabajo enfocar los letreros luminosos de las micros. El niño en vez de inquietarse, se aburre, y le suelta su mano.
-¡Ven para acá! ¡No me volvai a soltar la mano, cuántas veces te he dicho ya!
El niño, de mechas tiesas y corte de pelo lamentable, obedece. Tiene puesta una mochila que le llega casi hasta las rodillas, con uno de sus cierres descosidos. De vez en cuando se rasca la cabeza.
-¡Ahí viene la micro! Shhi menos mal, estoy má atrasá
Arriba del bus, sentados, ella saca un bolsito sucio de maquillaje. Se retoca el rimel y el labial, el último se lo compró a una vecina que vende productos por catálogo. Le gustó porque la modelo del catálogo que usaba ese color, un rosado light, se veía elegantísima. Aun no se lo pagaba a la vecina, se acordó. Mientras se lo aplica se da cuenta de que ya no le gusta tanto. Uno se compra y compra hueás y nada le queda bien a una, piensa con rabia. Da un vistado al chico, va con la cara pegada a la ventana grasienta, llena de grafittis con plumón. Vuelve al espejo, se arregla un poco la chasquilla rubia oxidada, prueba con un moño, para que no se le vean tanto las raíces, pero luego lo descarta.
-Dile a tu papá que me mande la plata pa comprarte la leche.
El chico asiente. Ya sabe que va a decirle el padre: La leche te la compro yo, pa que le voy a dar plata a esa hueona, que se gasta la plata en puras hueás. Piensa en los panes con jamonada que tanto le gustan, y el olor de la cama de su papá. Además siempre lo deja ver tele. Lo único malo es que pasa solo, pero esto al niño no le preocupa tanto. La verdad es que a nadie le preocupa mucho. A veces llega una vecina gorda a preguntarle si se tomo la leche, esa que tiene un hijo enfermo, y que de vez en cuando se lleva unas torrejas de queso y algo de leche. Cuando el papá llega temprano, a veces lo lleva a la cancha a ver el fútbol y le compra una bebida. Pero lo malo es cuando se pone a tomar, el se aburre montones.
-Ya, aquí nos bajamos.
Lo agarra del brazo y apura el paso. Camina con dificultad, las botas chinas le aprietan, pero ella lo soporta, porque son igualitas a las que usa la protagonista de la teleserie que ve a las 4, la hora que se levanta. Suben las escaleras.
-Ya aquí nomás te dejo, mira que estoy apuraíta ah? - Le da un beso en la mejilla, que lo deja pintado.
-Chao mamá. - La mira alejarse.
Ella se devuelve a la calle, ahora si tomará un colectivo para llegar más rápido. Se arregla el escote. Siente hambre, se echa un chicle a la boca. Saca el espejito y se mira por última vez.
El niño sube las escaleras, ve que hay luz en el departamento y se siente aliviado. Golpea suave. Pero no hay nadie. Se sienta en la escalera, a ver si la vecina gorda aparece.
Miró al cielo y había una luna llena inmensa y plateada. Dibujó con su dedo una luna imaginaria, y un perro. Le gustaban tanto los perros, pero nunca había tenido uno. Nunca había tenido una cama propia. Nunca había tenido tantas cosas, pero el no lo sabía.
Y ahi siguió esperando, sentadito.
5 comentarios:
Ooooooh!
Yo quiero escribir así!
Me duele la guata pensar que existen niños como Carlitos :(
Mándalo a algún concurso!!!!
hacia tiempo no leia algo tan bueno.
mencantó.
me dió penita. Tiene como un aire a esos cuentos del Santiago en cien palabras...
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