Me desarman. Cuando voy en la micro, auto, caminando. Cuando salgo de vacaciones, de paseo, o en el mochileo. Ver miles y miles vagando por las calles. Todos esos animales abandonados que viven en cualquier ciudad de nuestro país. Muchos hambrientos, con sed, con frío. Pienso en todo lo que les falta, que no es tan difícil de dar porque se resume en una sola palabra: amor. Amor por lo que nos rodea, agradecimiento por la vida. No es tan difícil! Conocer y respetar todas las formas de vida, cada una quiere y merece un espacio en la tierra.
Con alegría veo que a mi sobrina (que mañana cumple 9 meses) le encantan los perros. Cuando viene a la casa busca con la mirada a la Pepi y al Flaco, se ríe con ellos, quiere tocarlos (pero su mamá no la deja). Qué importante es enseñarle a los niños desde pequeños, a amar y respetar a los animales.
El Miércoles en la noche de la semana pasada, salgo con mis perros como de costumbre a dar un paseo por el bandejón que está frente a la casa. Todo iba normal, hasta que veo que mis perros corren en dirección hacia un arbusto y se ponen en posición de ataque y a ladrar como locos. Lo primero que pensé fue que era un pollito que se cayó de un nido, o que trataba de aprender a volar. Aparté a la Pepi con violencia, porque estaba como loca, y en la oscuridad de la escena escucho con toda fuerza: ÑAAUUUUU!! Tanteando con la mano buscando algo peludo, lo hallé. Lo saco rápidamente. No lo puedo creer. Es una cosita tan, pero tan chiquita. Un hermoso gatito con el corazón acelerado a más no poder, gritando ¡Ñau, ñau, ñau, ñau! tan fuerte y tan rápido como su instinto de sobrevivencia le dictaba, y asustado de mi mano, de mis perros, del mundo hostil hasta ese momento. Busqué y miré por todo lados que había alrededor del gatito, no había nada. Pensé que se había perdido de su mamá gata. Pero un poco más allá vi una caja de zapatos de color rojo, llena de hoyos... Otro abandonado, pensé. Lo miré, vi su carita. No puedo dejarlo. Pero ¿qué hago? No puedo tener gatos, porque vivo con mis padres y no lo aceptan por ningún motivo. Me vuelvo caminando hacia la casa, un vecino me ve con el gato en la mano y me dice: "Ay, que bueno que lo recogiste, ¡estuvo toda la mañana maullando!" Lo miré con la peor cara de odio que se me ocurrió y seguí caminando. Imbécil. O sea que el gatito estuvo todo el día llorando! No puedo dejarlo, no puedo dejarlo. Llegué a mi casa, subí a mi pieza, cerré la puerta, lo puse sobre mi cama y lo acaricié. Fui a buscar leche y se la di con una jeringa. Estaba recagao de hambre, le di como 4 jeringas llenas. Prendí el notebook y escribí un correo. Agarré el celular, las llaves y salí de mi casa. Caminé hasta la casa de un amigo con el gato en los brazos (que se durmió plácidamente en el camino). Álvaro estaba ahí, me abrió la puerta, vio al gato, le cuento la historia. Le digo que pienso llevarlo al Refugio de Gatos y Perros* de don Carlos (a quien le escribí el correo antes de salir) que es una casa de acogida para gatitos que había visitado unos días antes. No puedo quedarme con el gato, le dije. Ya, hay que ver qué vamos a hacer, me dijo él. Volvimos a mi casa, le mostré dónde lo había encontrado. Subimos a mi pieza y le dimos leche. Revisé el correo, don Carlos me respondió que podía llevarlo, pero antes tenía que ir al veterinario. Mañana a primera hora lo llevaré, le respondí. El gatito exploró la pieza un rato, es tan pero tan enano, que la escena se volvió muy tierna. Nos pusimos los pijamas, le armé una camita y nos acostamos. Por supuesto que al comienzo no quería dormir, y se paseó por toda la cama. Quería regalonear. Jugamos y lo mimamos un rato, después lo acurruqué con mi brazo hasta que pronto se durmió, y luego lo puse en la camita que le había armado. Dormimos con la lámpara encendida. El pequeño durmió toda la noche sin molestar.
Al otro día me desperté, lo busqué y ahí estaba durmiendo hecho bolita. Nos levantamos. Álvaro se va temprano, me dice que lo lleve al veterinario con una plata que teníamos. Me duché, me vestí. Le di gotitas antiparasitarias al pequeño, lo arropé bien y partimos caminando al veterinario. Me dicen que está sanito, que tiene 3 ó 4 semanas. Me dan una lista de alimentos que puede comer, un certificado que dice que está sano y me sugieren que me quede con el gato por lo menos por una semana más, por lo guagua que es. No puedo, le dije, con un nudo en la garganta. Volvimos a mi casa, eché algunas cosas en una mochila, me la puse, y salimos nuevamente. Fui al supermercado a comprarle algunos alimentos de la lista: dos pechugas de pollo, un tarro de leche evaporada, un tarro de whiskas para "gatitos" y algodón para su limpieza. Partimos a tomar la micro, camino al refugio. En la micro todos lo miraban, el iba tranquilito. Una vieja lo mira y me mete conversa:
-¡Qué lindo el gatito! ¿Lo vas a dejar a la Protectora?
-Señora, la protectora no existe hace tiempo. Lo que menos hacían era proteger a los animales.
-Ahh.. ¡Uy no tenía idea! Oye pero que chiquitito es, ¿qué vas a hacer con él?
-Lo voy a dejar a un Refugio para gatos en el que estoy participando. (Ya chata de la conversación)
-¿Y dónde queda?
-En Independencia. (Seria y chata)
-Ahh. Pero cuando son así de chiquitos yo prefiero matarlos. Total son tan chicos que no saben.
Por supuesto que la conversación llegó hasta ahí, porque la miré con odio y le respondí que ella creía que no sabían, si usted no le molesta en su conciencia tal vez la perdió, no así el gato. Me bajé de la micro, super triste. Joaquín se despertó (le puse así en la veterinaria, cuando me dijeron que era macho) y fuimos caminando hasta el refugio. Antes de llegar, me senté un rato en la puerta de un cité y le di leche con la jeringa. Después quería jugar, me mordía el brazo, quería salir de su mantita a explorar. Me puse a llorar, me dio pena tener que dejarlo. Para ser sincera, me costó un montón. Llegamos al refugio. Le explico todo a don Carlos, se me caen las lágrimas. Le digo que me voy a hacer cargo del gato, de su alimentación y de los gastos veterinarios. Me comprometí, como hace tiempo no me comprometía con algo que tuviera tanto significado para mí. Lo dejé con los otros gatos, los gatos más chicos eran 3 veces más grandes que él. Le di un poco de whiskas que comió con ganas, jugamos un rato. Los otros se acercaban a olerlo y conocerlo. No quiero dejarlo, pensaba todo el rato. Quiero llevármelo, y cuidarlo y darle su leche y hacerlo dormir. Ya, córtala, de nuevo el instinto materno. Pero es que no puedo, no quiero dejarlo. Pero no hay más alternativa por el momento. Me lavo la cara y me calmo. Me comprometo a visitarlo los Viernes. Le doy un besito, me mira con sus ojazos azules, y me voy. Camino hacia Avenida Independencia con mucha pena en el pecho. Me subo a la micro, y ya lo extraño...
Espero, en un futuro no muy lejano, poder quedarme con él, en mi propia casa, en mi propio espacio, lleno de amor del bueno.
*Facebook: Grupo Amigos de los Gatos
2 comentarios:
Mi lola, teni el corazón gigante. Fíjate que me pasa algo parecido: veo tanto animal botado, que creo que nunca se acabará. En facebook sigo a grupos que apoyan (de hecho el Terry, mi perro, es recogido de uno de esos grupos) y doy moneas a veces (es la única forma de ayudar que hago por ahora) pero cada día hay más y más perritos y gatos botados. Como que nunca se acaba por la chucha!
Me voy a meter al grupo de gatitos, a ver si puedo ayudar en algo.
Y no tengai más pena, que Joaquín está mejor que en esa caja.
amiga!!! un gusto pasar por aqui.
curioso, es parecida la historia a la de mi perrita, callejera, pero ahora tiene un hogar. claro que la ultima vez que la llevamos al veterinario fue porque la atropellaron y perdió un ojo la pobre, y ahora es tuerta, pero sigue siendo linda. es vakan tener mascota, porque a veces son los unicos que te escuchan sin cuestionarte nada. no es que este loco por hablar con los animales, pero a veces preferible hablar con u gato o un perro que hablar solo o con alguien que no te entienda. en todo caso que estupidez esa la de matar a los animales, vieja de mierda, porque no le pegaste por haber dicho eso...
chao.
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