Hija de una familia de clase media, desde muy chica me enseñaron que hay que trabajar para obtener las cosas que uno quiere. Que las cosas hay que ganárselas. Cuando uno es chico piensa que es llegar y pedir, pero aprendí tempranamente que eso no era tan así, cuando para una navidad pedí un castillo con luces de Polly Pocket (mini-muñequita con la que soñaba) que por supuesto nunca llegó por lo costoso que era. Pero lo que sí llegó fue una charla con mi mamá que nunca olvidaré, en la que me explicó que ese regalo no estaba a nuestro alcance, que no era tan fácil, que el papá trabajaba mucho para que no nos faltara nada.. me acuerdo que lloré, pero lo entendí. Nunca más pedí cosas de esa magnitud, y después, sencillamente, dejé de pedir.
Pero cuando uno es chico, siempre quiere algo. Así fue como a los 12 años, tuve mi primer trabajo para pagar el costo de un campamento Scout. Estaba tan nerviosa y ansiosa. Era algo que haría sola, por mi misma, sin papás ni hermanos. Era toda una experiencia nueva. Y llegué con otra niña que también era scout, a pedir trabajo. Corrían muchos rumores que necesitaban niños de 14-15 años para echar las cosas en bolsas plásticas en un supermercado nuevo, uno de esos grandes que en ese tiempo estaban llegando a Santiago. El rumor era cierto, nos dieron de inmediato el trabajo y yo no podía más de emoción y nervios. Al principio no cachaba nada, y echaba cualquier cosa a las bolsas, no sabía cuánto soportaba cada bolsa y la gente no me daba mucha plata. Al otro día aprendí que era mejor separar las cosas de aseo de la comida, que las cosas delicadas como los huevos y yogures se embolsan aparte, y que había que hacer todo lo que la gente pedía, por muy mañosos que fueran, para que me dieran más monedas.
Este oficio, que se llamaba (no se si ahora) propinero, lo ejecuté durante alrededor de un mes. El supermercado se llamaba (ya no existe en Chile) Carrefour, una multinacional de origen francés. Y justamente, el supervisor del local donde yo trabajaba, era francés. Este tipo, al que todos le temían, era sumamente mal genio. Yo pensaba que odiaba a todo el mundo, a los que trabajaban en el supermercado, también a los que compraban. Yo creo que el tipo odiaba su trabajo, se notaba que era infeliz (esta es la impresión que me causó a los 12 años). Me di cuenta de que trabajar tenía sus cosas malas. El franchute nos obligaba a pararnos detrás de una línea marcada en el piso si no pasaba gente por la caja, y teníamos prohibido conversar con la cajera o con otros propineros. Esta medida era una verdadera tortura cuando era día Lunes a las 10 de la mañana, cuando el supermercado estaba casi vacío. Una tortura. El aburrimiento más eterno y plano que sólo el que ha trabajado en un supermercado comprende. El tipo era estricto, yo pensaba que había sido milico alguna vez allá en Francia, tenía toda la pinta. Pero habían otras cosas malas además del tedio y del francés. Recuerdo una vez que una vieja llegó con tres carros llenos de mercadería y me pidió que a todo le pusiera doble bolsa y que las anudara todas. Ya le dije yo, pensando que por todo el trabajo tal vez me diera más de 200 pesos. Le llené los tres carros con las cosas embolsadas dos veces y anudadas, todo de prisa porque venía más gente con carros detrás de ella. Cuando terminé la vieja llamó al hijo para que le ayudara a empujar los carros, y se fue. Así nomás, no me dio ni 10 pesos. Vieja de mierda, pensé. Si me hubiera dado las gracias no me habría dado tanta rabia. También estaban los malos tratos, le gente deficiente y retrasada que no te trataba como una persona. Esa gente existe y sólo la ven quienes tienen este tipo de trabajos informales, donde la paga es una moneda.
Para mí lo mejor de trabajar (a los 12 años, siendo propinera) era el momento en que llegaba a mi casa, abría el banano que venía cargadito (sobretodo si era Domingo) y me ponía a contar todas las monedas. Eso era bueno. Después hacía montones de $1000 que pegaba con escoch y los iba a cambiar a los almacenes de la cuadra. Yo me sentía millonaria. Ahora me da risa, pero me acuerdo que sentía que podía comprar tantas cosas!. Pero más allá de las cosas, sentía que yo era la que decidía y eso me enseñó mucho. Me acuerdo que una vez, saliendo del super en la noche, estaba una viejita sentada afuera en la calle. No hacía frío, era verano, pero la señora era bien mayor y la ropa era vieja y todo su aspecto era bien triste. Le di dos paquetitos de escoch de $1000 que no cambié en el día. Cuando llegué a la casa y le conté a mi papá, me dijo ¿para qué le diste tanto?. No le respondí ná, pero pensé que era cosa mía, total, yo veía qué hacía con mi plata.
6 comentarios:
Que guena historia. Te imagino entera pendeja trabajando, aperrá total. Yo a esa edad aún jugaba. Pero igual salí aperrá encuentro.
Espero la segunda parte.
A esa edad machetee para ir a todos los campamentos scouts a los que pude, y para ir al Jamboree del '92 saliamos a recolectar porquerias por las casas (botellas, cartones, etc) e igual alcanzamos a juntar la plata. Me paso cada huea. En fin. Trabajar produce el mayor de los beneficios: la independencia. Claro que varios costos, como soportar giles a diario por ejemplo. Pero nada como platita en el bolsillo...
Yo trato de hacer lo mismo con mi hijo, y lo hago trabajar y luchar por lo que quiere, para que se acostumbre, pero su abuelo lo malcría, y le da de todo lo que necesita, y lo que no necesita tambien...
Que linda tu historia verídica de la vida.. y a todo esto, ya te compraste tu camarita digital pro?? :)
Saludos
...traigo
sangre
de
la
tarde
herida
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...
desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ
TE SIGO TU BLOG
CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...
AFECTUOSAMENTE
LA CASA NUEVA
ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE ENEMIGO A LAS PUERTAS, CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER Y CHOCOLATE.
José
Ramón...
me encanto tu relato, me emociono el final.. un abrazo desde conce!.
Anecdotas que nos hacen mejores. Cada quien vive su vida d diverso modo, y así, de suma en suma somos esto de ahora.
Valorar
cuando necesario es es aprender ello en cada ser.
Valórate en tus emociones, mujer, hombre.
Agradable vuelta, por este lado del blog, de salto en salto.
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